¿Qué hace un director de orquesta?

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Hace unos días los miembros de la prestigiosa Orquesta Filarmónica de Berlín se reunieron para elegir nuevo director, ya que en 2018 finaliza su vinculación con esta agrupación el británico Simon Rattle.

Es la única orquesta en la que la decisión de elegir director recae sobre los músicos. En la elección se valora el conocimiento musical del director, junto a las virtudes de liderazgo y el buen trato a los artistas. Es un proceso que recuerda al cónclave romano en el que se elige a los Papas.

Los miembros de la Filarmónica de Berlín se encerraron durante un día, pero no se llegó a un acuerdo, anunciando que tomarán la decisión el próximo año.

¿Es tan importante la elección del director de orquesta? 

Hay dos visiones sobre la labor del director orquesta. Una visión afirma que el director es necesario, pues ayuda a los intérpretes a dar inicio, a mantener el tiempo y el ritmo de una pieza musical. El director no haría otra cosa más que mover una batuta en su mano derecha marcando el  tiempo y ser referencia para los músicos: los únicos responsables de la calidad de una interpretación. Además, también se encarga de temas organizativos, la selección del repertorio, etc.

Por otra parte, otra visión afirma que el director, gracias a su personalidad y su forma personal de comunicación con los músicos imprime un carácter, una emoción particular, que hace de la obra algo diferente a las interpretaciones bajo la batuta de otra persona. El director traduce una visión de la belleza en hermosos sonidos, a través de un lenguaje de gestos con los músicos, esculpiendo un sonido, sacando lo mejor de cada instrumento, enfatizando ciertos aspectos de una pieza sobre otros.

El director de orquesta como hoy lo conocemos  surge en la primera mitad del siglo XIX, cuando aumenta el número de miembros dentro de las orquestas. Antes, uno de los músicos  (el primer violín o el solista) se encargaba de llevar el tiempo y marcar el inicio. Su repertorio de gestos y de movimientos con las manos era necesariamente limitado.

Desde entonces, la función de dirigir se convirtió en una necesidad. Entre los primeros directores destacan Richard Wagner, Héctor Berlioz y Felix Mendelssohn, quienes además de compositores se introdujeron en la dirección de orquesta para imprimir su carácter a las interpretaciones.

Fueron Wagner y Mahler quienes le dieron al director de orquesta un rol similar al de un crítico literario: alguien cuyo misterioso rol consiste en adivinar el mensaje de un creador y transmitirlo a una audiencia. Mientras Berlioz se considera el primer director virtuoso, a Mendelssohn se le reconoce por haber introducido el uso de la batuta de madera, aunque algunos directores como Pierre Boulez, Kurt Masur, Dimitri Mitropoulos y Leopold Stokowsky prefieren dirigir sin nada en sus manos.

Pierre Boulez afirmaba que el director debía necesariamente imponer su voluntad con la suficiente firmeza para convencer a los músicos de su punto de vista. En el caso de la Filarmónica de Berlín, es la única agrupación de su tipo en la que los músicos controlan el sonido del grupo y eligen a su director.

Aunque todos los directores comparten algunos gestos faciales y corporales, las grandes batutas tienen un repertorio expresivo particular. El primer recurso con que cuentan es, por supuesto, las manos. Con o sin batuta, las manos son el elemento con el que el director mantiene el ritmo y organiza las entradas de los músicos. En el último tercio del siglo XX, se ha estandarizado el uso de la batuta y el uso de la mano derecha. Comparada con la pintura, la mano derecha delinea la forma y contornos del sonido, mientras la izquierda define los colores, tonos, texturas y el color orquestal.

Después de las manos, el elemento más importante de un director es su rostro. Un director debe mantener contacto visual con el conjunto y mantener un diálogo con la mirada y otros gestos faciales y corporales. Una simple mirada puede transformar el signo de una interpretación.

Yannick Nézet-Seguin, cabeza de la Filarmónica de Filadelfia, afirma que juega con las miradas para animar a los músicos y al mismo tiempo para que se sientan relajados.

Leonard Bernstein, el primer director de orquesta estadounidense de fama mundial era reconocido por su técnica demostrativa, con gestos faciales y movimientos físicos muy expresivos. Bernstein podía cambiar la dinámica de una obra en vivo con un sutil cambio en sus expresiones faciales.

Su contemporáneo Herbert von Karajan, legendario director de la Filarmónica de Berlín, al contrario, tenía una técnica muy contenida a nivel emocional y solía dirigir con sus ojos cerrados. Karajan podía dirigir durante horas sin mover los pies, mientras Bernstein daba saltos en el aire cuando el sonido alcanzaba su clímax.

Además de esta habilidad de comunicación sin palabras, los directores deben tener una gran sensibilidad musical. Deben conocer los principios que determinan el sonido ideal de todos los instrumentos y descomponer y comprender los matices de cada uno dentro de la pieza. Un buen director debe tener instinto e intuición musical y generalmente lo obtienen tras muchas horas de preparación antes de subirse al podio.

El estatus del director de orquesta ha crecido hasta adquirir la categoría de verdaderas estrellas. Directores como Daniel Barenboim o Gustavo Dudamel venden todas las entradas meses antes de los conciertos.

La función del director va más allá de mover las manos en el podio. Como sabe cualquier músico, existen numerosos elementos que no aparecen de forma explícita en una partitura y, por tanto, una obra puede variar según la batuta que la dirija. Esa es la función de estos expertos del sonido, que consiguen que una interpretación sea única e irrepetible.

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